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Avalancha

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 Descubrir cuales son los elementos que tienen la capacidad de desencadenar toda una suerte de acciones es muy útil para quien quiera ser efectivo en su esfuerzo.

Hay principios elementales, a veces desestimados, que tienen la capacidad de desatar una avalancha de acciones que irán empujandose unas a otras .

En un artículo enterior nos referíamos a aquel pueblo desanimado e inoperante, sumerjido en un profundo letargo pero a pesar de tan crítica situación las cosas no quedaron así, sino que, gracias a estos elementos claves, el final fue muy distinto de lo que se podía vislumbrar.

El pueblo con mucha alegría y entusiasmo estaban dedicados a la reconstrucción del destruido templo en Jerusalén, pero esto fue cambiando y por muchos años estuvieron presa de un profundo letargo espiritual. Nada parecía avisorar un cambio pero la realidad es que las cosas no siguieron iguales y aquellos retomaron el buen camino logrando así alcanzar su propósito.

¿Cómo lo lograron?¿cuál fue la estrategia que usaron para movilizar a los que estaban quietos?

Hoy seguimos sufriendo de este mal pero hay algunos aspectos claves que nos ayudarán a entender los procesos que podrán sacar del ostracismo a quienes se les ha llamado a marchar vigorosamente bajo la bandera de Cristo.

Una de las "piedras" que comenzaron a rodar por la pendiente con el objetivo de convertirse en una poderosa avalancha que derribaría toda barrera de indiferencia tenía que ver con el mensaje y por ende con el mensajero.

Hag 1:1-3  En el año segundo del rey Darío,  en el mes sexto,  en el primer día del mes,  vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo a Zorobabel hijo de Salatiel,  gobernador de Judá,  y a Josué hijo de Josadac,  sumo sacerdote,  diciendo:  (2)  Así ha hablado Jehová de los ejércitos,  diciendo:  Este pueblo dice:  No ha llegado aún el tiempo,  el tiempo de que la casa de Jehová sea reedificada.  (3)  Entonces vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo,  diciendo:

Al comienzo del mensaje, por tres veces (y esto no es poca cosa) se recalca que todo lo que se desató después fue gracias a que había venido un mensaje específico de Dios.

El pueblo oyó y temió, como veremos más adelante, pero esto no tendría sentido si no hubiera habido  alguien que estuvo dispuesto a hablar en nombre de Dios.

La importancia del mensaje, y por ende del mensajero, son indiscutibles y cuando estos fallan entonces de seguro también fallará todo lo demás.

Dios siempre mostró su enfado con los malos mensajeros, dijo de estos: Miq 3:5-6  A los profetas que engañan a mi pueblo, Dios les ha dicho: «Ustedes sólo hablan de paz a quienes les dan de comer, pero a quienes no los alimentan les declaran la guerra.  (6)  Por eso no les voy a informar lo que pienso hacer. Nunca más les comunicaré mensajes y ya no podrán anunciar el futuro.

Hoy siguen habiendo quienes por interés personal modifican el mensaje volviendose inútiles, ajenos a toda verdadera revelación divina e impotentes para anunciar la justa palabra. Siendo que lo que hablan no procede de lo que Él quiere hablar entonces es imposible que comienze así el ciclo que llevará a la sana transformación. El pueblo está engañado y lo seguirá estando porque quienes les hablan palabra lo hacen de su propio corazón.

La primera piedra comenzó a rodar y esta, para lograr el objetivo deseado, deberá encontrar la siguiente. una correcta actitud en los que oyen.

Hag 1:12  Y oyó Zorobabel hijo de Salatiel,  y Josué hijo de Josadac,  sumo sacerdote,  y todo el resto del pueblo,  la voz de Jehová su Dios,  y las palabras del profeta Hageo,  como le había enviado Jehová su Dios;  y temió el pueblo delante de Jehová.

Dos verbos caracterizan la actitud correcta para el cambio: "oyó.....y temió". La esperanza de cambio puede mantenerse viva mientras no se corten ninguno de estos dos carriles, los cuales son inseparables para llegar a buen término.

Los oidos de aquellos estaban abiertos para escuchar con inteligencia, esta es la idea según el vocablo utilizado en el hebreo. Aunque estuvieran confundidos, sus oídos segían dispuestos a recibir la corrección y esto es algo que cada vez encontramos menos.

Pero inseparable de esto es el temor a Dios, la conciencia de quien es Él que nos lleva a no tener en poco sus palabras. Sin esto, podremos escuchar, memorizar y aún enseñar, pero de seguro no obedecer. Tan importante como tener los oídos abiertos para escuchar sin prejuicios es el guardar una sana conciencia de la persona de Dios y, sin duda, de quienes somos nosotros mismos.

La avalancha se hacía cada vez más fuerte pero aún falta un tercer elemento el cual esta superditado a los anteriores. si alguno de los primeros falla entonces dificil sera que suceda esto: que Dios entre en acción.

Hag 1:14 Y despertó Jehová el espíritu de Zorobabel hijo de Salatiel,  gobernador de Judá,  y el espíritu de Josué hijo de Josadac,  sumo sacerdote,  y el espíritu de todo el resto del pueblo;  y vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos,  su Dios,

Hablamos del mensaje y mensajero correcto, también de la actitud correcta y ahora vemos el aspecto de la soberanía divina. Una vez que empezaron aquellos Dios también entró en acción despertando el espíritu de los que debían dedicarse a la obra. ¿En manos de quien recae la responsabilidad de provocar a la acción a los que duermen?

La avalancha corre ya con ímpetu derribando cuantas barreras se levantan a su paso y esto gracias a que Él ha podido provocar a la acción a quienes están dispuestos a escucharle y a temerle. No ha todos Dios puede movilizar así pero esto no depende de Él sino de nosotros.Donde no hay sana Palabra ni quien tenga sus oídos abiertos y su corazón sensible al temor a Él, serán como tierra seca, sin vida, para cualquier intento de incentivarles al cambio.

Examinar al mensajero y su mensaje, atender a la actitud del pueblo, nos revelará si es que Dios podrá provocar el que se haga su voluntad allí. Nadie es perfecto y todos necesitamos el ser incentivados por Dios pero cuando no encontramos en nosotros o en el grupo donde estamos estos elementos entonces en vano esperaremos lo que nosotros mismos le impedimos a Dios hacer.

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